[Arcadi Espada]
Nuestro civil es hoy Fernando Savater. Es para los escritores de nuestra generación alguien que siempre está detrás viendo lo que hacemos. A veces cometemos la osadía de ponérnoslo delante, pero eso solamente es para aprender.
Nuestro militar oficiante es José Miguel Larraya, periodista del diario El País, de larga, ancha y honda carrera, que fue el mejor Defensor del Lector que ha tenido el periódico, incluso antes y después de dejar de ser oficialmente Defensor del Lector. Tiene la palabra, y se la doy con gusto.
[José Miguel Larraya]
El periodismo, como no puede ser de otra forma, tiene bastante buena prensa, pero también mala conciencia. Por eso, cuando se habla de ética profesional, suelo percibir un reflejo gremial que oscila entre la condescendencia y la incomodidad. Son muchos de mis colegas los que consideran que cualquier norma de urbanidad profesional oculta una maniobra para limitar su libertad o, más sencillamente, complicar su trabajo. Esta palabra sagrada —la libertad— es la clave de bóveda de un oficio peculiar, en el que menestrales y príncipes se llaman compañeros. Aunque ya nadie pueda expedir bulas para el ejercicio de este oficio, los periodistas somos los profesionales de la libertad; ya que encarnamos y ejercemos uno de los derechos humanos básicos: el de recibir y transmitir informaciones y opiniones por cualquier medio.
Los periodistas, además, arrastramos con coquetería una cierta fama de bohemios de la que hoy solo queda su poso más amargo. El de hombres y mujeres que escriben lo que pueden, si es que saben lo que pasa. Casi todos conocen las reglas de la casa que les paga, o que nos paga. De ahí esa frase manida, que habrán oído ustedes, de preferir pasar por pianista de un burdel a que se sepa que se es redactor en plantilla de un diario. Los colaboradores prefieren que les comparen con otros oficios en los que también se emplean las manos y la boca, sin el prestigio de tocar un instrumento profesional, musical. Dicha esa parte, el artificio de este oficio se sostiene, en mi opinión, sobre una base muy sencilla, que es la base de la ética periodística: la obligación de contar la verdad.
Pronuncio aquí esta palabra, la verdad, porque está presente Fernando Savater. Los periodistas, menestrales al fin, —salvo Arcadi y algunos pocos más— no nos ponemos con facilidad de acuerdo en saber qué es la verdad, pero sí sabemos, porque la vida te enseña, lo que es la mentira, y ese sucedáneo de la ficción que es lo verosímil. Sí sabemos lo que significa dar gato por liebre, o hacer pasar opiniones propias por informaciones de fuentes anónimas, y nuestras conjeturas, por opiniones de expertos. Pero nadie ha dicho que este sea un tema sencillo.
Les voy a leer una cita de una persona que está sentada aquí, con la que estoy de acuerdo, solo en parte, y que refleja una parte de nuestras contradicciones:
Los buenos periodistas, los periodistas de verdad, no los decoradores a domicilio, se llevan mal con el acontecimiento. Durante el acontecimiento todo está tomado. Están los cordones de seguridad, las credenciales, los fotógrafos, la televisión y el ánimo blindado para que todo salga bien. He ido a muchos: incluso las fuentes más generosas y amigables me han visto en medio de los salones como a un pájaro de mal agüero. A los más supersticiosos les he visto tocar madera y fingir que nunca me habían conocido. No hay nada que hacer allí y sobre todo no hay nada que escribir allí. La verdad no puede buscarse en las llamas, quema, deslumbra. Hay que buscarla en el rescoldo.
Lo escribió Arcadi Espada en su libro Contra Catalunya. Y tiene razón, pero solo en parte. Porque el trabajo diario de los periodistas, de la inmensa mayoría, es cubrir acontecimientos. Ésta es la infantería que despliegan los medios. Yo he formado parte de ella. Es la gran masa de maniobra de los medios cuya obligación es reproducir si es necesario una mentira, porque alguien con cargo la dijo. Eso significa dar la versión de los protagonistas de los hechos. Somos y hemos sido amanuenses más o menos ilustrados de un hechos, que se integran luego en un relato más amplio que es el periódico o el informativo de radio o televisión. Un relato que organiza, ordena, jerarquiza los hechos, las opiniones, la actualidad y los acontecimientos para dar diariamente una visión del mundo, para explicar a los ciudadanos qué pasa y por qué pasa. De ahí la importancia del medio para el que se trabaja. Volveré sobre este asunto.
La naturaleza básica de este oficio es poder decir yo estuve allí, yo lo vi, hablé con unos y con otros y así lo cuento. Si además he podido contrastar los diferentes puntos de vista y comprobar los hechos que se relatan, el trabajo está hecho. Es la es la búsqueda de la verdad posible. La ambiciosa y humilde misión del periodista. Ambiciosa por manejar la idea de la verdad; humilde por saber que ese material será saqueado por académicos, opinadores, columnistas, tertulianos, que hablarán o escribirán sobre hechos que no han visto y que los acomodarán a sus opiniones interesadas. Y que, probablemente, harán prevalecer ante el público su opinión sobre los hechos.
El periodista puede ser un testigo ecuánime, y también puede ser un estafador, por el motivo más obvio: su debilidad o su interés. El periodista se relaciona con mundos que generalmente son poderosos. No hablo del mundo político —desde el ayuntamiento más modesto al palacio más poderoso— sino del mundo cultural, social, deportivo y, por supuesto, económico. Las periodistas que describen en su trabajo la vida y obra de banqueros, reyes, empresarios, políticos, jugadores de fútbol, escritores, cineastas, etc., saben que juegan en un terreno en el que mandan las relaciones de poder. Y aquí es dónde el medio no es el mensaje sino que el mensaje depende del medio.
La realidad es dura, áspera, y el periodista la gestiona como puede, si encuentra las palabras apropiadas. Además, pronto se encontrará con otros periodistas, jóvenes y veteranos, que pondrán cara de asco cuando oigan la palabra verdad. Son los relativistas, que con gesto perdonavidas desprecian cualquier código o norma que limite su capacidad literaria. Y esos personajes, o muchos de ellos, en los que es difícil distinguir entre la realidad y la ficción se han erigido a veces en referentes de una profesión mítica. La objetividad les parece una paparrucha y les incomoda el concepto de ecuanimidad. Porque ser ecuánime no significa ser neutral, ni ser objetivo. Ser ecuánime es buscar desde los prejuicios propios, y sabiendo que existen, la verdad.
Pero éste no es, además, un trabajo solitario. El periodista se enfrenta a la soledad de la pantalla en blanco, o del folio en blanco, pero escribe en y para un medio. En eso se diferencia de los escritores. Ellos disfrutan de los privilegios de la literatura. Pueden ejercer eso que se llama el «nuevo periodismo», dicho sea con sarcasmo y admiración por los buenos escritores a los que leo con placer en páginas de diarios y de semanarios. El periodista que yo he admirado, y que tal vez quise ser, no lo entiendo fuera de un medio, de un proyecto editorial. Su texto se enriquece, si el trabajo se hace bien, con la experiencia de la redacción en la que se encuadra, que establece unos controles sobre el texto que publica.
Ahora, me gustaría darle la palabra a un periodista norteamericano, David Simon, que ha conocido el éxito no por el periodismo, paradoja de la vida, sino por la ficción. Simon, como muchos sabrán, uno de los guionistas de The Wire, una de las series de televisión de mayor éxito de los últimos años. Simon llegó a la ficción cuando su diario, un diario de Baltimore (Estados Unidos), redujo la plantilla y renunció a ser lo que él exigía. Recientemente, en una entrevista publicada por ABC, decía lo siguiente.
El periodismo, cuando se practica adecuadamente, es un acto increíblemente delicado, ético, absorbente, exigente, que requiere conocer un asunto, mantener las fuentes, saber qué usar y qué no usar de esas fuentes, volver cada día para saber qué es nuevo y relevante en la institución que estás cubriendo y escribir de un modo preciso que a la larga desvele cosas complicadas sobre esa institución. Es algo que no se puede hacer desde el cuarto de estar, sino desde la calle y con llamadas telefónicas. La mejor gente que he conocido lo hacía, y cubría las instituciones durante ocho, nueve o diez años. En los periódicos de hoy en día, los reporteros con diez, quince o veinte años de experiencia, se están yendo, se han ido y no confío en que vayamos a descubrir lo que deberíamos descubrir en el ayuntamiento, en el departamento de policía o en el sistema escolar porque el reportero de 24 años que lo cubre lleva sólo seis meses.
Así son, deberían ser, en mi opinión, los periodistas, esa gran masa de maniobra que aporta la materia básica con la que se construye el relato: las noticias, lo que pasa, los hechos. La verdad, aunque sea en su versión más modesta.
No quisiera terminar sin rendir mi modesto homenaje a quien me ha convocado a estas jornadas. Muchas de las cosas que aquí he dicho se las habré leído u oído a él o a otros participantes de estas jornadas, que más parece una tenida de librepensadores que un curso de verano. Cito y leo. Contra Catalunya, de Arcadi Espada, página 54, primera edición. Es una cita con una intención transparente de provocar una aclaración en esta cita desoladora:
Éste no es un oficio de hombres felices. He creído ver alguna vez un periodista bonachón y al final siempre se dio alguna de estas tres circunstancias: o era tonto, o era corrupto, o en realidad se dedicaba a otra cosa. (…) Que alguien viaje con urgencia al corazón presuntamente extasiado del periodista y vaya con cuidado no le aplaste un alud de tedio.
Gracias, Fernando, gracias, Arcadi, es para mí un privilegio y un honor compartir este estrado con vosotros.
[Fernando Savater]
Mi campo ha sido durante muchos años, hasta que me he jubilado, la enseñanza de la ética. Es decir, la reflexión teórica sobre los temas de ética y su historia. La ética es un intento de dar un sentido al uso de nuestra libertad, de reflexionar qué vamos a hacer con aquello que podemos hacer. Como muy bien decía Aristóteles en la Ética a Nicómaco, solo reflexionamos sobre lo que está a nuestro alcance, sobre lo que podemos hacer. Nadie reflexiona sobre lo imposible, sobre lo que no puede hacer. Según ha ido aumentando nuestro poder, ha ido aumentando nuestra complejidad, o nuestro compromiso ético, porque si podemos hacer más cosas, tenemos que reflexionar desde el punto de vista de la moral o la libertad sobre más cosas. Aristóteles, por ejemplo, no se planteaba problemas de genética, porque no existía en su época. Según va avanzando nuestra capacidad —la energía nuclear, las comunicaciones, el mundo cibernético— nos va dando posibilidades que no teníamos, y por lo tanto nos va creando problemas éticos.
No es que la ética varíe, sigue siendo lo mismo: el hecho de cómo podemos convivir unos con otros tratándonos no como unos instrumentos o herramientas unos de otros, sino como fines, como semejantes, como colegas de humanidad. Pero según va aumentando nuestro poder —y hoy tenemos mucho poder, incluso los que creen que tenemos menos—, van aumentando los problemas éticos. Los problemas morales de los niños pequeños son escasos porque no pueden hacer cosas: no tienen posibilidad, fuerza, conocimientos, etc. A veces se dice: «es ingenuo e inocente como un niño». Los niños no son ingenuos, son impotentes: pueden hacer muy pocas cosas. Según va aumentando su capacidad de acción, va aumentando su posibilidad de culpabilidad y la reflexión moral.
Una de las fuentes más importantes que tenemos hoy para aumentar nuestro poder es el conocimiento, es decir, las informaciones sobre el mundo que nos rodea. Es difícil que nos hagamos a la idea de lo poco que sabía una persona hace cien años sobre el mundo en que vivía. Conocía a la gente de su ciudad, a veces solo a la gente de su barrio o de sus aledaños, a veces solo de su ciudad. Como mucho, conocía las noticias que ocurrían en su país. Más allá, era por supuesto lo desconocido. A veces llegaba un viajero que venía de lejos y contaba una cosa que había pasado un año antes, o seis meses antes. La información que manejábamos era muy escasa. Entonces, nos sentíamos concernidos por muchas menos cosas. No podíamos tomar decisiones sobre muchas cosas, porque las ignorábamos. No teníamos las noticias, que eran fundamentalmente locales. Las noticias de aquello que estaba a mil kilómetros de nuestra puerta eran inexistentes.
Hay un pasaje que me choca especialmente en las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand. Cuenta que él estaba en Bélgica, más o menos en los días de la Batalla de Waterloo y, naturalmente, tenía mucho interés: el retorno de Napoleón, qué había pasado con el emperador, etc. Estaba en casa de unos amigos —se puso enfermo—, y se pasó con fiebre en la cama una semana. Cuando se levantó, salió al campo a pasear, a recuperar un poco el buen color, y se encontró con un campesino y le dijo «¿Sabe usted si ha habido algún acontecimiento, algún enfrentamiento militar por aquí, del emperador Napoleón y los franceses?». «Pues mire, no le puedo decir, no sé nada. Por allí pasaron unos caballos galopando al fondo… yo no le puedo decir». Estaba a un kilómetro de donde había ocurrido la batalla que había decidido el destino de Europa por un siglo. La gente convivía de esta forma a un kilómetro de estos acontecimientos y no se enteraban de lo que ocurría. Hoy, naturalmente, lo habríamos visto todos online, repetido cincuenta veces. Ese campesino no estaba concernido por aquello. Le pasaba la batalla por encima, pero él no podía tomar ninguna decisión, ni tomar responsabilidades porque no estaba informado.
Lo que nos dan los medios de comunicación es esa información que nos permite actuar, porque nos informa directamente y nos da datos. Pero en esa información, es importante el nivel de exactitud, objetividad y veracidad, porque eso va a ser determinante en las decisiones que tomemos. Tomaremos decisiones erróneas si estamos mal informados o tendenciosamente informados; si se ha utilizado la capacidad de dar información para pervertir nuestro conocimiento, en vez de para aumentarlo. Si se nos informa respecto a los males que causan los gitanos en Europa, apoyaremos las decisiones para expulsarlos y perseguirlos, o si se nos dice que los teléfonos móviles causan cáncer, o que la energía nuclear es dañina para la especie humana. La información va a ser determinante para nuestras decisiones.
Moralmente, estamos actuando de acuerdo con unas informaciones que recibimos, y que normalmente no tenemos tiempo ni posibilidad de contrastar y procesar. Necesitamos extender una cierta buena voluntad a los medios de comunicación, por lo menos básica, porque no podríamos vivir con una desconfianza sistemática sobre todo lo que se nos dice o se nos informa. Es el arte de informarse. Informar puede ser un arte, una obligación, un mérito de los que se dedican a ello. Pero informarnos es un arte que tenemos que tener cada uno de nosotros. Una de las asignaturas que habría que dar en los colegios es enseñar a informarse. Es decir, a contrastar una información, a leer titulares de prensa, a contrastar versiones de los mismos sucesos, a descubrir el aroma de la falsedad o de la tendenciosidad en un planteamiento. Todo esto habría que enseñar a hacerlo, porque de eso dependen realmente nuestras acciones. Muchas veces la gente, en los pueblos y grupos humanos, no es que sea perversa o malvada, sino que está actuando con una información sesgada, hasta tal punto que verdaderamente los precipita en acciones nefastas, pues es muy difícil luchar contra eso.
Piensen ustedes en una famosa emisora de radio que actuaba en Ruanda en la época del enfrentamiento entre los tutsis y los hutus. Esa emisora, la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas (RTLM), con sus informaciones y sus arengas, fue decisiva para la inmensa matanza de miles de personas. Verdaderamente, una emisora de radio que de alguna forma excitaba o tocaba un punto determinado en las personas que la escuchaban se convirtió en un arma de destrucción masiva. Una noticia perversa, utilizada de manera tendenciosa o torticera, puede ser un arma de destrucción masiva, porque nos impulsa a unas acciones que pueden ser destructivas y pueden llegar a ser causantes de verdaderas matanzas.
De ahí la necesidad, insisto, de aprender a informarnos y la responsabilidad del informador. El informador tiene que actuar de acuerdo con unos parámetros morales, éticos, en el sentido de procurar contribuir a la acción justa y no fomentar la destrucción y la insolidaridad. Su información ha de posibilitar de alguna manera lo mejor de la acción de cada uno, no impedirlo. Es verdad que la información tiene que ser objetiva, por lo tanto no es moralmente ni buena ni mala, pero como siempre, al informar hay que seleccionar. Así que, por lo menos, que la información que demos esté de alguna forma dirigida a estimular esos mecanismos mejores, más justos, más equilibrados y no a ese fondo reptiliano y peligroso que tenemos todos.
Por supuesto, los aprendices de tiranos, o los tiranos ya constituidos, lo que quieren es que no se informe o se informe de la manera que ellos consideran beneficioso. En la historia clásica, el 1984 de Orwell, retocaban las noticias para mantener a la gente en un permanente éxtasis de odio contra unos adversarios que desconocen, o que son proyectados por los gobernantes. Esa gran metáfora de Orwell de la utilización de la información para despertar el mal ético, creo que, desgraciadamente, sigue siendo vigente.
A mí, el personaje relacionado con el mundo de la información que más me simpatiza es un personaje de una gran película de John Ford, El hombre que mató a Liberty Valance, que es Dutton Peabody, el director del periódico local. Un borrachín que hace el periódico pero que en un momento determinado denuncia las manipulaciones de los grandes ganaderos, y entre ellos el pistolero más feroz y más terrible que es Liberty Valance. Lo hace por su cuenta y riesgo, claro, porque el hombre vive en el pueblo y allí poca protección tiene. Efectivamente, por la noche llega Liberty Valance con sus sicarios y le dejan medio muerto de una paliza. Cuando llega el protagonista de la película, James Stewart, que es el hombre, digamos pacífico, pero que se va encontrando rodeado de toda aquella violencia, intenta reanimar a Dutton Peabody. El pobre, destrozado, con la cara deshecha pero todavía sonriente, le dice: «¡Le he hablado a ese Liberty Valance de lo que es la libertad de prensa!». Ese orgullo del moribundo es, de alguna forma, la parte del coraje moral que debería mostrar no solo el periodista, sino también el que tiene que informarse.
Muchas no nos informamos porque no queremos. Hay gente que dice: «es que no me lo han explicado». Cuando hubo el referéndum sobre la Constitución Europea, se decía: «¡No nos lo han explicado bien!». Pero cuando son los mundiales de fútbol, todo el mundo se entera de las alineaciones de los equipos sin que nadie se lo haya ido a explicar a casa. Nadie dice «¡Es que a mí no me explicaron quién jugaba en cada equipo!». Todo el mundo se entera de quién juega, quién es el portero, cuáles son las alineaciones y los suplentes. Si uno se puede enterar de eso, también puede enterarse de las cosas que le conciernen, las que van a ser importantes para la Europa en que va a vivir, y no ser esa especie de señoritos ricos: «A mí que me lo expliquen todo clarito, que si no, no». Hay que informarse, y desbrozar la información. Y por supuesto, a veces no hay más remedio que leer mucho y escuchar mucho para seleccionar. Probablemente todas las informaciones son, si no sesgadas, al menos limitadas, y la única forma de completarlas es apoyándonos sobre otras.
Pero lo que me interesa subrayar, sobre todo, es la vinculación entre aumento de poder, que viene por la información, y aumento de responsabilidad ética, que viene cuando tenemos que tomar decisiones en nuestra vida respecto a ese poder.
[Arcadi Espada]

«Todo periodista que no sea tan estúpido o tan engreído para no ver la realidad, sabe que lo que hace, su oficio, es moralmente indefendible».
Janet Malcolm expresa esto, en El periodista y el asesino, en el entorno de su relación del periodista con las fuentes, es decir de la necesidad práctica, sistemática, de engaño, de adulación o de mentira que el periodista se ve obligado a mantener con sus fuentes. Tú, José Miguel, ¿qué opinas sobre el diagnóstico clásico de Janet Malcolm y esa imposibilidad de que el periodista sea un hombre de bien?
[José Miguel Larraya]
Yo creo que es parte también de la coquetería del malditismo periodístico, y un poco literaria. Es cierto que un periodista, para conseguir información exclusiva, tiene que relacionarse con gente que sabe que la información que le va a dar es un activo. A los periodistas no se les compra con dinero, se les compra con información. Entonces, obviamente, las fuentes te dan información si eres bueno para ellos: son fuentes interesadas. De vez en cuando, en la información política ordinaria, los periodistas hablan generalmente con los políticos más afines, de su ámbito y de sus circunstancias, y tienen más dificultades con lo que los políticos de la oposición consideran que son ajenos.
Hay una ética profesional, que es en la que uno —lo decía David Simon en la cita de antes— tiene que saber que ha de filtrar el material que le suministran, decodificarlo, intentar contrastarlo, e intentar no ser utilizado permanentemente por la fuente. Es una relación bastante dialéctica, si me apuras. La peor situación posible para un periodista es que no tenga fuentes, que el periodista tenga que cubrir directamente acontecimientos con acontecimientos, que es lo que hacemos la inmensa mayoría. Pero cuando comienzas a escarbar, intentas hablar con distintas personas, enterarte de qué ha pasado realmente, cómo están las negociaciones… Si encuentras una colaboración, va a ser una colaboración interesada.
Afortunadamente, a veces, encuentras gente que está dispuesta a contar cosas arriesgando un poco su posición, pero eso es lo extraordinario. Por tanto, el periodista sabe que entra en un trueque, que puede convertirse en «yo te doy información y propaganda —a la fuente— a cambio de que tú mañana me des una información sólida». Pero todos saben que el periodista, muchas veces, está manejado por la fuente. Es algo que vemos en las novelas de espías: saber qué es lo que quiere el enemigo, o qué información es esencial para que tu información sea sólida. Al final, lo bueno que tiene el periodismo es que si uno vende una mercancía averiada, el tiempo le pone a uno en su sitio. Al final, mentir, sesgar o manipular solo sirve en aquellos medios en los que la propaganda es más importante que la información.
[Arcadi Espada]

Sí, pero sobre el caso concreto que Malcolm plantea: Un caso que realmente tiene mucho valor, porque sin el tono dramático que ella utiliza, es un caso que nos hemos encontrado todos alguna vez. Malcolm cuenta el caso del periodista Joe McGinniss cuando va a entrevistar a un condenado a muerte. Para conseguir su confianza, y que le cuente toda su vida y todo lo que ha hecho, le da a entender que él cree en su inocencia, y por lo tanto su misión en el mundo es ayudarle para, con esa biografía, escribir el libro que lo saque definitivamente de la cámara de gas, es decir, la apelación.
McGinniss logra convencer al encarcelado de va a hacerlo, el otro le abre su corazón y, naturalmente, al cabo de dos años escribe el libro que le parece. En el libro dice que no tiene ninguna duda de que el condenado a muerte sea un asesino por una serie de razones. Ese es uno de los dilemas éticos. Luego le querría plantear a Fernando algunos otros, pero este os lo dejo a los dos. ¿Hace bien McGinniss engañando a su fuente de un modo tan radical para conseguir poder explicar esa biografía? ¿Es un acto defendible moralmente?
[José Miguel Larraya]
Es una manipulación del personaje, de los sentimientos. Una manipulación emocional que se produce por medio de la adulación constante, una de las técnicas habituales de los periodistas para adular a la fuente, para tener la confianza.
[Arcadi Espada]
Entonces, si la fuente se deja adular es su problema. ¿O no?
[José Miguel Larraya]
Generalmente es un problema de la fuente que se deja adular. A mí me ha parecido más discutible algo que tiene mucho prestigio en la profesión, y que tú has criticado más de una vez, también, y es la gente que se disfraza de lo que no es para hacer un reportaje. Pero esta es una casuística difícil. ¿Qué está dispuesto a ser un periodista para conseguir una información? Diciendo que es periodista: otra cosa es que uno se disfrace de gitana para luego contar cómo se venden flores en las Ramblas.
[Arcadi Espada]
Pero contéstame. ¿Puedes engañar a un condenado a muerte, sí o no?
[José Miguel Larraya]
Yo creo que sí.
[Fernando Savater]
Es que la ética es precisamente que el fin no justifica los medios. La ética lo que dice es que si la información que queremos conseguir puede realmente salvar la vida a alguien o aclarar un crimen, entonces tenemos derecho a ocultar la verdad, o incluso a utilizar alguna táctica más o menos engañosa. Ahora, si lo único que quiero es escribir un bestseller sobre un condenado a muerte, no tengo derecho a engañarle, evidentemente. Puedo hacerlo, pero moralmente, no hay duda de que soy un bribón, lo mismo que si le robo la cartera o le hubiera robado papeles importantes. Si yo lo hago solamente por mi beneficio y por mi provecho y por convertirme en una persona reputada, no, moralmente no es pasable.
[Arcadi Espada]
Pero eso es muy difícil de conseguir, porque en el caso McGinniss, y en cierto modo fue así, él se gana su confianza para demostrar que es un asesino.
[Fernando Savater]
Eso es una cosa que tienen que hacer los jueces, los policías. Si está condenado a muerte, ya le han juzgado y condenado.
[Arcadi Espada]
Sí, pero la diferencia entre el policía y el periodista es que el periodista sí se puede ganar su confianza.
[Fernando Savater]
Sí, pero ¿con qué propósito? Es una persona que ya está condenada a muerte, ya ha sido juzgada. El periodista no va a hacer más que algo que le beneficiará a él. Habría que conocer todo el asunto. Una trilogía famosa, muy actual y muy reputada sobre este tipo de cuestiones, es la trilogía Millennium de Stieg Larsson. Es el caso de una revista que revela cosas importantes, que tienen importancia política en el mundo del poder. Entonces, Michael Blomkvist y los otros personajes de Millennium apelan y utilizan medios no estrictamente ortodoxos, pero siempre, lo que están queriendo, es descubrir a un violador, o a un tipo que trafica con niños. Entonces, con el objetivo de que esas personas poderosas que están encubiertas en una coraza de convención favorable sean puestos a la luz pública, a veces hacen cosas que no son ortodoxas. Lisbeth Salander, la hacker que ayuda a Blomkvist, es un personaje que simplemente hace cosas ilegales, pero siempre con una exigencia moral. La gracia de la novela, con todo lo discutible que se quiera, es que se saltan de alguna manera pautas y normas convencionales por un objetivo.
[José Miguel Larraya]
Es bastante más grave que adular a alguien para sacarle información. La violación del secreto de las comunicaciones, de que te pinchen el teléfono, te pongan micrófonos, o entren en tu correo electrónico es mucho más grave. Pero ésa es la suspensión moral, es el escuadrismo de «violemos la ley en nombre de la ley».
[Arcadi Espada]
Tiene poca importancia.
[Fernando Savater]
Hombre, hay una ley que dice que no se puede romper el escaparate de una tienda, pero si en el escaparate de la tienda hay un hacha y yo necesito el hacha para sacar a un niño que está encerrado en una cabina de teléfonos, rompo el escaparate para sacar el hacha.
[Arcadi Espada]
Es el ejemplo de la tortura que has puesto muchas veces. No es el caso de la tortura, pero si dependiera la vida del hijo…
[Fernando Savater]
Yo lo haría, pero no lo convertiría en norma para los demás. Es decir, la transgresión de la norma tiene que responder a un compromiso personal con lo que uno considera que es justo, por lo tanto no se puede convertir en norma. No se puede decir «Esto es lo que hay que hacer». No: estoy es lo que voy a hacer, y me arriesgo.
[Arcadi Espada]
Mentir no es una transgresión de la norma, —legal por lo menos—. Es decir, cuando el periodista engaña al recluso no está haciendo nada ilegal, por eso es interesante.
[Fernando Savater]
Es ilegal moralmente, no penalmente.
[Arcadi Espada]
¿Pero es esa idea entonces del bien común?
[Fernando Savater]
No, es el bien entre las personas. Kant lo explicó a su modo hablando del caso de la mentira. Él era intransigente y decía que nunca, en ningún caso, se debía justificar una mentira, porque la verdad es una cosa que los seres humanos nos debemos. No le puedo regatear al otro eso que le debo. Lo mismo que si tengo posibilidad de dar agua a alguien que se está muriendo de sed delante mío: tengo que darles la verdad. Si tú se la regateas, y sobre todo si se la regateas a un condenado a muerte…
[José Miguel Larraya]
Yo creo que la adulación es una técnica diaria, cotidiana, en diferentes grados. Caer simpático a la fuente.
[Fernando Savater]
La adulación, en buena medida, es culpa de quien se deja adular. Si te dicen que eres estupendo y te lo crees, pues eres tonto. Pero si estás condenado a muerte…
[José Miguel Larraya]
En este caso me parecería peor que el escritor o el periodista mintiera en su libro. Si hubiera forzado la voluntad de otra persona por medio de la adulación, o diciéndole que es una buena persona arrastrada por las circunstancias de la vida o que hay dudas sobre su culpabilidad. Vemos diariamente casos de desinformación, porque los tiempos avanzan a una velocidad que la publicidad, la propaganda y la desinformación son de una calidad excelente, por decirlo, frente a la información, que es un material escaso, valioso y difícil de conseguir.
Todos sabemos que cuando hay cosas que nos interesan de verdad, nos preguntamos realmente ¿qué está pasando? Y nos lo preguntamos entre periodistas que tenemos acceso a unas confidencias que nos hacen sobre unos hechos concretos. Todos sabemos todavía que la información vale mucho, y que el poder es muy celoso de la información real y que a veces, si supiéramos todo lo que pasa de verdad, sería explosivo. También, si hubiera micrófonos en el consejo de administración de una empresa que trasladaran las tensiones que se puedan generar antes de tomar una decisión importante, esa empresa saltaría por los aires.
[Fernando Savater]
¿Pero para qué buscar una empresa? Tú imagínate que los pensamientos que tenemos cada uno de nosotros se oyeran en voz alta.
[Arcadi Espada]
En este momento…
[Fernando Savater]
¡En este momento! Que cada uno de nosotros, cuando estamos acompañados de otros, de pronto, en vez de tener nuestro mundo interno, sonara en el exterior y se oyera lo que pensamos de los demás, de nosotros, del mundo. Eso sería muy peligroso.
[José Miguel Larraya]
Por eso la función del periodista es la del equilibrio en la mediación. Tú tienes una capacidad limitada para recoger los hechos, los datos y reordenarlos, y me parece muy importante que el medio en el que trabajas sirve como garantía y control.
[Arcadi Espada]
Luego hablaremos de eso, que me interesa. Pero quiero acabar con Malcolm. Una cosa más: el bien mayor, para Malcolm, en realidad para McGinniss, su víctima, —exactamente igual, por cierto, que en el caso de Truman Capote y A sangre fría, que también se gana la confianza—, los autores también podrían decir que el bien mayor es describir profunda y certeramente cómo es un asesino. ¿Os parece un bien mayor?
[Fernando Savater]
Puede ser una cosa que tenga interés, pero Shakespeare lo hizo sin engañar a nadie.
[Arcadi Espada]
No lo sabemos.
[Fernando Savater]
Sí, también puede uno inventárselo. También es verdad que eso puede ser un bien, siempre que llegue después de que esa persona no esté allí para darse cuenta de que ha sido engañada.
[José Miguel Larraya]
Las fuentes se consiguen cortejándolas, y hay fuentes que se tarda en conseguir —personas en una institución, en un partido político, en el ayuntamiento, en la policía, en un equipo de fútbol— con tiempo y confianza. Se establecen relaciones de amistad, casi podría decir. Esa confianza, porque ellos ven el trabajo que tú haces, les permite abrirse y contarte cosas que no contarían a otras personas. Ese cortejo implica siempre una cierta adulación. La adulación que existe en la amistad. El periodista va con una escudilla, pidiendo diez céntimos de información. Dame argo.
[Fernando Savater]
Sobre todo quiere algo de los demás. Y el amor. También hay que adular al ser amado para que te haga caso.
[Arcadi Espada]
Pero esa es una diferencia de cortejo, José Miguel, muy clara. Yo creo que en el cortejo amoroso de las personas normales, uno trata de de explicar quién es. En cambio, en el oficio, muchas veces esa adulación consiste en no mostrarse cómo es uno. Es una diferencia notable.
Un caso concreto. Ayer lo hablábamos con Santiago González y Antonio Basagoiti. Justamente porque estábamos hablando de la tregua, pensé que os plantearía a vosotros esta misma cuestión, porque me gusta hablar de casos concretos. Ahora hay una tregua y es verdad que no hay abierto un proceso de negociación, por lo tanto el periodista no sabe si el gobierno está haciendo, o no. Pero hay muchos periodistas políticos en este país, o debería haberlos, que se pueden plantear en un momento determinado cuál es la postura ética que deben mantener en uno de esos instantes de la «sensación verdadera» que decía Peter Handke. El periodismo, en un estado de tregua, es un oficio más arriesgado de lo normal. Hay que tomar muchas decisiones que afectan a cuestiones éticas.
A partir de esto, la pregunta es ¿debe un periodista siempre preocuparse por las consecuencias de los hechos veraces que narre?
[José Miguel Larraya]
Yo me niego a aceptar que estemos en tregua. Esta es una reacción un pelín visceral, en la medida en que es una organización terrorista que dice que desde hace meses no va a matar. Es un asunto de ellos, y la policía toma nota. Los policías y los jueces son los que se encargan de luchar contra esa lacra, y creo que los ciudadanos debemos estar en otra cosa. Los periodistas, sobre todo los que trabajan con el terrorismo y tienen una relación más directa con el tema de ETA en el País Vasco, por supuesto que son conscientes de los hechos y la consecuencia de los hechos, de ahí el silencio de tantos años y tan poca gente valiente.
Afortunadamente está aquí Fernando Savater, al que rindo homenaje público, que se atrevió a levantar la voz y a decir lo que pasaba y dijo ¡Basta ya! Los periodistas son conscientes de cada palabra que cuentan sobre la información del terrorismo. Es verdad que los periodistas dependen de sus fuentes. Algunas fuentes son del brazo político de ETA, que tiene sus terminales, como se suele decir, y otras son la policía, la guardia civil. Con todo eso, el periodista no tiene más obligación ética que decir la verdad. Con lo que él modesta y honradamente tenga, contar lo que pasa. Es verdad que los portavoces de ETA intentan venderle un proyecto, que es el de Batasuna o de su brazo político, y posiblemente la guardia civil le pase una información que le venga bien para sus propias operaciones. El periodista con experiencia tiene que calibrar todo eso, y hacer un servicio a sus lectores: esto es lo que, honestamente, creo que es la verdad.
[Fernando Savater]
Yo estoy de acuerdo con eso, lo que pasa es que ahora mismo tiene unas consecuencias inmediatas. En este momento se dice que hay un alto el fuego, más que una tregua. Es decir, se han suspendido determinadas acciones agresivas. Por ejemplo, los empresarios, todos, siguen pagando, porque piensan que si no pagan les pueden atacar, por mucha tregua que haya. Si hay una tregua de verdad, no pague usted ¿por qué va a pagar? Usted paga por miedo. Si no hay tregua, no hay miedo, por tanto no pague. Nadie se ha hecho este planteamiento por si acaso. Pero el problema es que han quitado la escolta a mucha gente en el País Vasco. Lo sé por gente muy próxima a mí, de la familia. Eso es una corresponsabilidad grande, porque dicen: «No va a pasar nada. Le quito la escolta. Salga usted a la calle tranquilo». Y si le matan, ¿qué? Si no pasa nada, esa información que se ha dado y se ha magnificado de que no va a pasar nada, bien. Pero, ¿y si pasa? ¿Y si en este clima que se ha creado de que todos podemos ir sin protección, lo que está haciendo es como la araña que va buscando la mosca más gordita? ¿Qué pasa? Eso puede tener una responsabilidad vital.
Casi todas las personas que han muerto en localidades pequeñas del País Vasco normalmente eran personas que frecuentaban medios abertzales. Es decir, quien no frecuentaba herriko tabernas van más seguros. Pero la gente que iba y decía, «tú no te preocupes, aquí somos todos amigos», estaba mal informada. Porque creían que estaban rodeados de amigos, y simplemente estaban rodeados de personas que les tenían allí como una especie de rehenes, hasta que interesara hacer algo con ellos. Ahora hay un momento de suspensión de las actividades. ¿Esa suspensión es real? ¿Hay que creérsela del todo? ¿Es una suspensión de según cómo y según nos venga, de modo que de pronto puede ETA volver a matar a alguien y decir, «no, es que no les había dicho a ustedes que hace un mes que yo ya había dejado esto del alto el fuego»? «Se nos olvidó decírselo, que ya no estaba yo en alto el fuego». Es decir, que la prensa, en vez de jalear y decir que parece que se ha acabado y no pasa nada, hay que tener cuidado, y quizá sea mejor pasarse de prudente.
[Arcadi Espada]
Sí. Esto que dice Fernando respecto a los extorsionadores lo dijo ayer Basagoiti. Lo que parece un poco extraño es que el periodismo haya llegado, en su obsesión por hacer periodismo de declaraciones, al hecho de ponerle el micro sin mayor evaluación y chequeo a ETA. Porque, en fin, yo desconocía totalmente esos datos respecto a que en el tiempo que ETA dice que estaba en tregua, se ha producido una extorsión.
[José Miguel Larraya]
Este es un ejemplo más del llamado «periodismo de declaraciones», en el que la BBC les pone el micrófono a unos señores, y de pronto esa información parece de relevancia porque ha habido una operación de propaganda previa. Las cosas no suelen ocurrir en el vacío, sino que en meses anteriores ha habido una serie de informaciones interesadas, preparando el terreno, creando un ambiente, un clima, para un determinado acontecimiento.
El adjetivo que más se emplea, por entrar en el tema, es insuficiente. Mi sensación personal, posiblemente me equivoque, es que esperaban una declaración suficiente. Es decir, que lo que estaban esperando muchos agentes sociales era otro comunicado. Y los que se sienten es decepcionados, porque la declaración anterior, de la que hay rastros en los periódicos bastante claros, era en ese sentido. Incluso esos mismos agentes insisten en que en las próximas semanas o meses se produzca la declaración suficiente. Fernando decía antes que los ciudadanos deben informarse, contrastar. Yo entiendo que es muy difícil para la gente que está luchando por buscarse la vida tener que consultar tres o cuatro periódicos, o ver determinados informativos.
[Arcadi Espada]
Hoy es más fácil, eso.
[José Miguel Larraya]
Hoy es más fácil, pero exige tiempo y sobre todo exige mucha atención, y la gente, en la vida, tiene muchas cosas que hacer. Pero sí hay que advertirle en temas como este, que como problema que afecta a la sociedad española, afortunadamente había pasado a un puesto bastante lejano dentro de la opinión pública. Parece que en las encuestas, si hay que darles credibilidad, no es una de las mayores preocupaciones de la sociedad española. Y con razón, afortunadamente. Yo creo que hay una conciencia moral de que es algo que la sociedad democrática se está imponiendo. Ha costado mucho esfuerzo, muchas vidas, un sacrificio; hay mucha gente en el País Vasco que ha pagado un precio muy alto por ello, y fuera de el País Vasco. Hay que ver que las fuerzas de seguridad y los militares han pagado con sangre esa lucha. Pero digamos que es un tema que está pasando a un segundo plano y a mí, en el fondo, y ya hablo como ciudadano y no como periodista, a veces me molesta que estas operaciones de propaganda de ETA ocupen tanto espacio en la agenda mediática.
[Fernando Savater]
Hay una cosa que muchas veces, comentándolo con algunos amigos, siempre nos llama la atención. El País Vasco es un espacio pequeño, y nos conocemos todos, y vivimos todos muy cerca. Entonces, siempre que hay un atentado o un acontecimiento luctuoso en una población, la primera o la segunda persona que sale en televisión dando su opinión dice: «Habíamos oído hablar de que esto pasaba, pero ¿cómo nos íbamos a pensar que esto iba a ocurrir aquí?». ¡Pues es lo lógico! ¡Está pasando por toda España! Nunca deja de haber esa reflexión.
El día que mataron a los concejales en el barrio de Santa Cruz en Sevilla es lógico que hubiera una sorpresa. Nunca hubiéramos creído que paseando por el barrio de Santa Cruz se encontrara uno con unos etarras. O en Mallorca, lo de Calvià, que nunca había ocurrido; se decía que la isla estaba blindada y que allí no podía pasar. Pero dentro mismo del País Vasco, la gente que ha visto que ha ocurrido a ocho calles de ellos, como quien dice, todavía vivía en la idea de que la noticia es algo que pertenece a un mundo diferente al de la realidad. O sea, que cuando uno ve que han matado a alguien no es lo mismo que si pasa en tu barrio. Tu barrio es la realidad. Es curioso.
[José Miguel Larraya]
Ser ecuánime —corregidme si es una categoría que no compartís— es una voluntad de ser justo, de contar la verdad. Creo que es muy importante. He sido responsable de algunas secciones distintas en el periódico, y a su vez he tenido jefes que me han controlado. En ese sentido, creo que es muy importante el trabajo colectivo.
Por eso citaba a Simon, el americano, por el concepto de editor y de comprobación de las fuentes en el periodismo anglosajón. Un redactor entrega un texto, y hay un editor que dice «Este dato que está aquí, ¿en qué se basa? Y esta afirmación que tú atribuyes, ¿de quién es? Y esta opinión que parece anónima, no puede ir». Tienes que identificarla o no darla, porque las opiniones no pueden ser anónimas. Los datos sí. Pero no las opiniones, porque tenemos que saber quién opina las cosas. Ese trabajo que en algunos periódicos norteamericanos, legendarios, se ha llevado bien, es una artesanía periodística, profesional, que no se da en todos los medios. En televisión, se montan y se editan las entrevistas. Hay muchos políticos que prefieren las entrevistas en directo para que no les monten el corte en la entrevista: cuando estás en directo, nadie puede manipular lo que dices, o la iluminación. Hay un lenguaje periodístico, que depende de cada medio, y luego está el periodista solitario, pero suele ser más el stringer, o el escritor de periódicos.
[Arcadi Espada]
Por lo tanto, esa nueva figura, a mi juicio, ahora sí lo digo claramente, completamente ilusoria, del bloguero periodista, ¿para ti es real? Fuera de la opinión, me refiero.
[José Miguel Larraya]
Me parece que internet es un medio distinto. Yo creo que cada medio tiene sus reglas, igual que la radio, la televisión o los periódicos. Incluso los semanarios o los mensuales tienen sus propios códigos de comunicación con sus lectores. Internet ha abierto un horizonte completamente distinto, en el que un bloguero puede incorporar sonido e imagen, y si hace información, si cuenta hechos, es fantástico. Lo que ocurre es que yo conozco pocos blogs informativos, casi todos son de opinión. Con lo cual, ese bosque tremendo, donde la gente considera que tiene algo que decir y opinar sobre lo que pasa en el mundo o en su barrio, me parece estupendo. Pero a mí, por deformación profesional, me encanta la información, los hechos: ese periódico que se llamaba Factual, que tú creaste y que yo admiraba tanto, y que llevaba en su cabecera ese nombre por eso, por los hechos.
[Arcadi Espada]
Aclarado. Una cosa para ti, Fernando, sobre la responsabilidad de la filosofía en el descrédito de la realidad. Esos jugueteos de la posmodernidad con el relativismo, que yo creo que han llegado al periodismo tarde, de alguna manera, pero que han llegado, y que se reflejaba tan bien en aquello tan estupendo de Hannah Arendt, que se llamaba Visita en Alemania. Llega Hanna Arendt después de la guerra a Alemania y ella se interesa, naturalmente, por las causas de la guerra. «Hitler invadió Checoslovaquia», y le contestan, «bueno, eso es una opinión, es su opinión». En este descrédito, esa confusión entre verdad, verosimilitud, hechos, opiniones… ¿cuál es la responsabilidad de tu gremio?
[Fernando Savater]
Mi gremio empezó poniendo de relieve la importancia de la verdad. Platón —y por lo tanto los que somos una nota a pie de página de Platón— decía que la búsqueda de la verdad era la tarea, si se puede considerar, filosófica. Es verdad que en la modernidad ha prevalecido lo que se ha llamado la teoría del marco, como la llamaba Popper. Es decir, cada cosa no es ni verdad ni mentira sino que está en un marco de interpretación. Según la cultura, las circunstancias, la tradición interpretativa, etc., las cosas no son ni verdad ni mentira, sino que figuran dentro de un marco determinado. En ese sentido, la opinión de aquel viejo político francés que le ocurrió esto, que empezaba discutiendo con unos amigos alemanes, y decían: esto ya veremos lo que dicen los historiadores de la II Guerra Mundial, y ya veremos cómo juzgan lo que hizo uno, y lo que hizo Hitler, y lo que hizo Churchill, ya veremos las sorpresas. Y éste les contestaba: sí, pero seguro que nunca dirán que Bélgica invadió Alemania. Ese es el punto. Es importante.
Todo, efectivamente, tiene unos márgenes de contextualización y de interpretación. Todos elegimos el terreno donde vamos a plantear nuestras verdades, porque la verdad no es lo mismo en todos los campos. Yo, por ejemplo, puedo decir que el sol es una estrella de magnitud determinada, que el sol es el centro del sistema solar, que el sol es el dios Febo y otras más de ese tipo. Y cada una de ellas puede ser cierta dentro de un contexto determinado: si yo estoy en Mitología, es verdad que el sol es el dios Febo, y es verdad que es el centro del sistema solar, a pesar de que ya sepamos que los giros no son los que creían los primeros que los estudiaron, y sabemos también que es una estrella de una magnitud determinada de acuerdo a los conocimientos que tenemos hoy, que mañana pueden cambiar, y la jerarquía de las estrellas variar.
Es decir, cada una de esas cosas es cierta en su registro. El campo de la verdad de cada una de las realidades tiene el suyo propio. Ahora, hay unos límites, efectivamente, en los cuales, Bélgica no invadió Alemania: en ningún criterio, y eso también es importante. La modernidad lo que ha creado es una especie de duda, respecto a quién invade a quién incluso en esos campos.
Paul Valéry escribió una versión de Fausto llamada, muy a la francesa, Mon Faust, en la que Fausto es un personaje moderno, que tiene una secretaria muy guapa que se llama la señorita Lust —la señorita Deseo— que toma nota de todo lo que Fausto le dice. En un momento determinado, le hace una pregunta a Fausto: ¿quiere usted que le diga la verdad? Y responde Fausto: Dígame usted la mentira que considere más digna de ser verdad. En ocasiones, efectivamente, optamos por decir las mentiras que consideramos las más dignas de ser verdad, y Nietzsche también tiene algunas cosas así.
Yo soy muy preposmoderno, es decir, creo que hay en casi todas las cosas importantes verdades, y que además, el relativismo es un poco de pega. Cuando vamos en un avión, queremos que el piloto aterrice en la pista, y si nos dice: «bueno, eso es muy dudoso, porque ¿qué es la pista? ¿en qué se diferencia la pista del mar?»: ¡Por favor que llamen a otro! Yo creo que hay muchos campos en que no es verdad que tengamos esta especie de juego permanente con la verdad y la falsedad, y cuando las cosas son importantes, hay que informar de esa verdad, de la de que «Alemania fue la que invadió Bélgica».
[Arcadi Espada]
Eric Hobsbawm decía algo parecido utilizando «Roma venció a Cartago».




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