La Asociación de la Prensa de Cádiz es desde 1909 parte de la historia de la ciudad.

La Asociación, creada para dignificar la vida material y espiritual de aquellos periodistas apenas reconocidos socialmente, ha convivido desde entonces con los avatares de su entorno; quizá ello le haya permitido resucitar varias veces, pues propiamente se puede hablar de varias asociaciones de la prensa desde la citada fecha. Quien mejor pudiera contar esta historia, si no fuera madera, laboriosamente trabajada, es el Mueble de Emilio Castelar, testigo de días de gloria, de no pocos pasos agónicos y de desapariciones.

Como si se tratase de un baúl viajero, de mano en mano por las estrechas calles de la ciudad, cuando la Asociación se quedaba sin sede y sin gente. No hablará por sí sólo este mueble, al menos como lo ha hecho la historiadora Fátima Salaverry Baro en su trabajo de investigación sobre la Historia de la Asociación de la Prensa de Cádiz, creada bajo el amparo legal que trajo la conquista de mayor libertad de expresión y asociación a finales del XIX. Los asociados pioneros tenían el objetivo de dignificar su profesión y contribuir a dignificar una sociedad social y económicamente subdesarrollada.

Desde el comienzo de la andadura se trataba de profesionalizar un oficio poco reconocido entonces, de preocuparse por formarse y de aprender de las sociedades más desarrolladas; paralelamente, de protegerse, con la creación de un montepío, de cobertura en asistencia sanitaria, y de ayudas frente a la jubilación o el desamparo en que la muerte dejaba a las familias.

Cuando desde aquella Asociación se promovieron iniciativas para tratar de acabar con el hambre de muchos vecinos por la carestía de los alimentos básicos, un problema al que se bautizó como el de las subsistencias; o cuando también se preocupó en formar dentro de hábitos higiénicos, con sus medios de publicidad, a una gran parte de la población, trataba también de dignificar la sociedad de la que se alimentaban los periódicos.

Por la dignidad la Asociación también fue una de las grandes impulsoras del homenaje a la Constitución de 1812, con ocasión de su primer centenario. Como no es el Mueble de Emilio Castelar el que relata, sino la historiadora, apunta ésta en su investigación que durante la mayor parte de estos primeros años de la Asociación fueron numerosas sus angustias económicas, las que finalmente acabarían con este primer nacimiento, y con los posteriores. Los recursos procedían de las cuotas de los asociados y de algunos esporádicos beneficios obtenidos con espectáculos cinematográficos, musicales o taurinos. Fátima Salaverry informa que la Asociación volverá a reaparecer en los años 1927, 1933 y, finalmente, en 1944, hasta el presente, etapa ésta última en la que los vientos económicos, con rachas de ligeras a moderadas, han ido llegando de popa.

Paralelamente a la vida española y gaditana en su dura marcha hacia una sociedad desarrollada y democrática, así es como ha respirado esta Asociación, que tuvo su Hoja del Lunes desde 1966 hasta 1982, y edita el Boletín Oficial de la Provincia desde finales de la pasada década de los sesenta. Su contribución actual más sonada a la vida cultural y social es el Premio Agustín Merello de la Comunicación, instituido en 1991.

En cuanto al mueble callado, basta decir que Federico Joly y Diéguez, que fue director de Diario de Cádiz y segundo presidente de la Asociación, admiraba a un gaditano ilustre, político democrático y republicano, Emilio Castelar, muerto en 1899. Con la colaboración de Carlos Sáinz de Tejada reunió una importante colección de periódicos de todo el mundo que recogían el fallecimiento del político español. Esta colección requería de un depósito digno de su importancia, por lo que se encargó al artista Juan Rosado la fabricación de un mueble vitrina, el Mueble de Castelar, interesante legado histórico para la ciudad y testigo mudo de las trashumancias de la Asociación de la Prensa de Cádiz.